Pacto de Socios vs Estatutos Sociales

María Jesús RepresasEl Pacto de Socios es a una startup, lo que el seguro de coche al automóvil; ambas figuras tienen la misma finalidad: prevenir y estar preparados para cualquier tipo de incertidumbre, o eventualidad que ponga en peligro el proyecto. Quizá no sea posible evitar el accidente, pero se cuenta con la cobertura necesaria para arreglar la situación y seguir viajando.

Constantemente, tras un corto período de existencia, sociedades de reciente creación desaparecen y se liquidan sin apenas haber empezado a desarrollar su proyecto; en muchos casos porque no se han tenido en cuenta determinadas situaciones legales, fácticas, económicas o personales que pueden poner en peligro la continuidad y estabilidad de la sociedad, habiendo sido inútiles todos los trámites burocráticos y los esfuerzos personales y económicos realizados.

A fin de paliar parte de esas situaciones de incertidumbre y eventualidad existe la figura del Pacto de Socios, que aunque ya es utilizada por muchas startup, no es apreciada en su justa medida en cuanto a su necesidad, eficacia y efectividad. Esto en parte se debe a que ya se cuenta con una figura legal de obligatoria existencia y perfectamente regulada en la Ley de Sociedades de Capital, los Estatutos Sociales, que aparentemente parece ser bastante y suficiente para cubrir esas posibles eventualidades de la sociedad. Lo cierto es que ni es bastante ni es suficiente.

Lo primero a tener en cuenta, es que Pacto de Socios y Estatutos Sociales, aunque sean aparentemente semejantes y de contenido similar, son figuras jurídicas de naturaleza muy distinta y con objetivos y funciones muy diferentes.

El Pacto de Socios es un contrato privado que suscriben de forma voluntaria los socios, con el objetivo de regular sus relaciones para con el resto de los socios y la sociedad, así como el funcionamiento de la misma, según la fase en la que se encuentre en cada momento (nacimiento, consolidación o desarrollo).

No se encuentra regulado en ninguna Ley, y su eficacia no depende de ningún requisito formal; no es necesaria su inscripción en Registro Público, ni ante ninguna autoridad pública, aunque en mi opinión debe firmase ante Notario, aunque no se eleve a público. El Pacto de Socios vincula única y exclusivamente a quienes lo suscriben, puede firmarse en cualquier momento siendo los propios socios quienes establecen su vigencia y duración en el tiempo y tiene una naturaleza flexible y adaptable a cada momento concreto. Por tanto su existencia y eficacia radica exclusivamente en el principio de la autonomía de la voluntad, contenido en el Artículo 1255 del Código Civil y el Artículo 28 de la Ley de Sociedades de Capital; su única limitación es la no inclusión en el mismo de contenidos contarios a la Ley. La función del Pacto de Socios es la de desarrollar, ampliar, completar y concretar los Estatutos Sociales, siendo por tanto un contrato totalmente independiente y distinto a éstos, y ostentando una situación de preeminencia sobre los mismos.

Los Estatutos Sociales, a sensu contrario, tienen una naturaleza jurídica distinta, vinculan a todos los socios independientemente de que los hayan suscrito o no, su carácter es el de permanencia en el tiempo; regulan la estructura y funcionamiento básico de la sociedad; podría decirse que su función se asemeja a un contrato de adhesión, al que los nuevos socios se van adhiriendo a medida que pasan a formar parte de la sociedad.

Están sometidos a regulación y necesitan de inscripción en el Registro, deben cumplir una serie de formalidades y requisitos concretos exigiéndose por Ley un contenido mínimo en los mismos, sin el cual no pueden inscribirse, no inscribiéndose aquéllos que no lleguen a esas exigencias, ni aquellos que el Registrador no considere conformes a le Ley.

Los Pactos de Socios, no suelen integrarse en los Estatutos, debido a la rigidez de la normativa sobre sociedades de capital, dado que el Registro es muy riguroso e impide registrar la mayoría de estos acuerdos, que se utilizan fundamentalmente para prevenir las infinitas situaciones fácticas que se pueden regular en estos acuerdos, y que la normativa vigente no es capaz de contemplar.

Para la modificación de los Estatutos, es necesario convocar una Junta general y aprobarla mediante una mayoría normalmente reforzada, teniendo que llevar a cabo una serie de trámites burocráticos que hacen más engorrosa su adaptación a los numerosos y constantes cambios por los que atraviesa una sociedad.

Lo Estatutos Sociales debieran redactarse de forma que no sea necesario cambiarlos y modificarlos cada vez que un nuevo socio, sea éste inversor o trabajador, pase a formar parte de la sociedad; lo adecuado es tener un buen pacto de socios que nos permita adaptar y regular el funcionamiento y la estructura de la sociedad en función de la fase en la que ésta se encuentre. De hecho lo recomendable sería suscribir como mínimo tres pactos de socios diferentes, distinguiendo una fase de inicio o nacimiento, una segunda fase de constitución/consolidación de la sociedad, y una última fase de ampliación de capital/desarrollo de la misma.

Mi consejo de cara a la elaboración de cualquier tipo de contrato o pacto, es que su redacción y contenido sea claro, sencillo, concreto y conciso, no regulando en exceso las posibles adversidades que plantee una relación contractual de este tipo, y aprovechando en todo caso la flexibilidad y adaptabilidad que nos ofrece la figura jurídica del Pacto de Socios

En conclusión, pese a que Pacto de Socios y Estatutos Sociales en apariencia son semejantes, cada uno tiene una función y objetivo concreto, ambos recogen el funcionamiento de la sociedad, uno de forma genérica y otro de forma específica y adaptada a la propia sociedad y a cada fase en la que ésta se encuentre conforme a la voluntad de los socios. No teniendo que escoger entre la existencia de uno u otro, dado que ambos son perfectamente compatibles y complementarios, se hace más que necesario desarrollarlos, o en su caso revisarlos, para toda aquella sociedad que tenga la sobreentendida vocación de permanencia.

María Jesús Represas
Área Legal

 

De lo que no genera riqueza.

jr2_blancotexto_120Hace unos días, comentaba en un ambiente distendido el caso del centro comercial Dolce Vita, en A Coruña. Cierra por la crisis, dicen los medios. Cierra porque no tiene mercado suficiente, con crisis o sin ella. La superficie comercial de la ciudad triplica casi la media europea, y las aperturas de otros centros comerciales no han hecho sino desplazar la demanda. Obviamente, los promotores del centro podrán aducir que en su momento no sabían lo que iba a pasar después. Discutible, cuando ya existían los proyectos en marcha, o cuando la normativa vigente permitía llegar a esta situación de colapso. Pero eso es harina de otro costal.

En lo que quiero centrarme es en el comentario de uno de los presentes, postura con la que ya me encontré en algún otro foro previo: “… se trata de capital privado”. De ahí a hablar de especulación, mala gestión, mal posicionamiento o pésimas inversiones no hay nada, pero más que en las causas, quiero incidir en las las consecuencias.  Los centros comerciales, como cualquier otra actividad empresarial requieren de inversión, que no ha ido a otros proyectos; requieren de personal, que lamentablemente en este caso provocaron una auténtica debacle en el comercio minorista de la ciudad; requieren de recursos públicos, no sólo por su tramitación y control, sino por facilitar el acceso, la seguridad o los planes especiales de protección, etc. etc. Cuando se viene abajo un proyecto, deja tras de sí destrucción de empleo, créditos impagados, deudas a proveedores, y en estos casos además, cierres de establecimientos que se ven atrapados dentro de las instalaciones de los centros. Genera pobreza.

Lo que no genera riqueza, genera pobreza. No hay un suelo neutro. Al igual que el éxito de una nueva empresa, una nueva planta, o un nuevo negocio, generan riqueza a su alrededor, creando puestos de trabajo directos e indirectos, servicios relacionados, proveedores, pago de impuestos, y dinamismo en su entorno, el fracaso de los mismos provoca el término inverso.

Cada proyecto, empresarial o no, desde el más humilde emprendedor al más apoyado proyecto institucional o corporativo que fracasa genera a su alrededor una depresión económica que arrastra a empleados, proveedores, en algunos casos a clientes, y con toda seguridad y en último término a la sociedad en general y en particular a su entorno más cercano.

Comenzaba hablando del centro comercial, pero no es un problema de dimensión. Dos proyectos de emprendedores en esta misma ciudad han tenido que cerrar sus puertas este pasado mes. Uno de ellos esperando acabar la campaña de navidad para salvar lo insalvable. Pagos a proveedores colgados, rentas de alquiler, crédito bancario y póliza, impuestos, y empleados con dos y tres nóminas pendientes. Eso sin contar que en su caída, la desesperación por aferrarse a la posibilidad de sobrevivir, les ha llevado a bajar los precios de forma significativa, afectando también a sus competidores a los que en algún caso han “quitado” clientes, que ahora, además, se ven también privados del servicio.

Desde este punto de vista, y teniendo en cuenta que cuatro de cada cinco proyectos emprendedores fracasan en los primeros años, ¿no deberíamos plantearnos antes si es necesario rebajar esta tasa de destrucción antes de apoyar indiscriminadamente el emprendimiento porque sí? Aún estando de acuerdo en la existencia de otros beneficios adicionales, como la adopción de esa cultura emprendedora o el preparar a los propios emprendedores para abordar nuevos proyectos con mayores garantías (algo que también podríamos poner en tela de juicio), quizá deberíamos al menos establecer mecanismos que rebajen esa tasa de fracaso, evitando en primer término la situación crítica a la que se está llevando a miles de emprendedores y a sus familias, que con todas las ganas y toda la voluntad, caen en la trampa de lanzarse del avión sabiendo que sólo uno de cada cinco paracaídas va a funcionar.

A priori, ¿no os parece una irresponsabilidad?

Javier Represas

Instaurados en la cultura del pelotazo 2.0

Javier RepresasNuestros primeros proyectos se desarrollaron a finales de los noventa. El siglo pasado. Los desarrollos web y las plataformas on line generaban posibilidades infinitas de comunicación y comercio que se alimentaban con discursos visionarios e insólitos avances que rápidamente fueron seguidos de  capital, a raudales, drenado de todos los sectores para sumarse al propósito de cambiar el mundo.

La posibilidad de acceder a millones de libros, bibliotecas completas, a material gráfico, a documentos, estudios, vídeos, a catálogos mundiales, a realizar compras en cualquier parte del mundo en cuestión de minutos, eliminar viajes innecesarios y acortar tiempos inútiles atrajo de inmediato la atención de la inversión especulativa.

Nick Daloisio

En los albores de la sociedad de la información, se gestaba la primera gran burbuja .com que arrastró en 2002 a valores bursátiles, compañías, desarrolladores y avances tecnológicos, condenando a estos últimos al ostracismo y a su particular travesía del desierto durante los años siguientes.

No fueron la investigación ni la aplicación de los avances las que la generaron. La posibilidad de ganar ingentes cantidades de dinero con las nuevas tecnologías generaba expectativas irreales de beneficio que rápido provocaron las compras millonarias. Comunicaciones, buscadores, directorios, plataformas de comercio electrónico o servicios de ocio, eran las más demandadas. Empresas, o incluso proyectos, que veían subir sus cotizaciones y valoraciones por el mero hecho de acumular usuarios, tráfico, que todavía hoy sigue siendo tan difícil de rentabilizar.  Así llegamos en España a ver el auge y caída de Terra, la más sonada sin duda por haber tenido la osadía de cotizar sus expectativas en el mercado bursátil.

Y sin embargo, una década después, volvemos a estar instaurados en la cultura del pelotazo, pelotazo 2.0, que no busca la generación de proyectos rentables, ni siquiera viables,  sino la posibilidad de dar con la aplicación de turno que se convierta en un auténtico boom. Obviamente, dar con ella tiene un coste, y sin embargo, el mayor problema no es éste, sino el dinamismo al que está sometido el mercado, que no deja muchas posibilidades para realizar análisis o estudios de mercado exhaustivos, del todo inútiles si dan con la respuesta del éxito demasiado tarde. El mercado no espera.

El juego es la apuesta. Una serie rápida de evaluaciones, parámetros de equipo, mercado y capacidad de ejecución, a la que inyectar los recursos necesarios para la puesta en marcha. No hay tiempo para mayores análisis o estudios. Ni siquiera suelen plantearse desarrollos por fases, ni pruebas piloto, porque de conseguir el éxito, sería fácil ser adelantado por algún competidor. Hay que llegar e inundar.

Con este sistema, es obvio que muchos proyectos se convertirán en rotundos fracasos, pero no importa si se da con ese mirlo blanco que resarcirá todas las pérdidas. Sorprende ver como algunos se aferran a mantras del tipo “uno de cada diez proyectos”, que no son más que extractos estadísticos sin mayor base que experiencias pasadas. Cien proyectos malos, serán cien fracasos. Análisis a posteriori de sonados fracasos, han revelado enormes carencias en planificación y conocimiento del mercado al que se dirigían. Muchos de éstos podrían haberse evitado, e incluso podrían haber sido proyectos viables, por ejemplo, si tempranas e ingentes  inversiones en promoción se racionalizaran en fases de desarrollo más avanzadas, donde el proyecto pueda rentabilizarlas.

En cualquier caso, esté el éxito en una de cada diez, o de cada veinte (la evolución de la competencia nos lleva a pensar que cada vez será más complicado alcanzarlo), el sistema está orientado al pelotazo. Ese mismo del que se valieron otros sectores, como la construcción, en épocas no tan lejanas. Una forma rápida de encontrar dinero en el mercado, rentabilidad a corto plazo y en tasas de más de tres dígitos. Invertir cien y ganar setenta no cubre las pérdidas de los otros nueve proyectos fallidos.

Esta orientación cala en los medios, que se hacen eco de cada venta millonaria, como la colocada estos días a Yahoo por el adolescente londinense de diecisiete años Nick D’aloisio (en la imagen) por treinta millones de dólares. Lógico, es noticia, y no es más que el reflejo de la situación real. Pero es precisamente esta situación sobre la que ponemos el foco. ¿Hasta que punto se configura todo el sistema para rentabilizar de forma abrumadora una serie de aplicaciones? Desde luego, no sería viable este modelo con inversiones en activos productivos que hubiera que abandonar, no obstante, esto no implica que no haya miles de millones de horas de producción destinadas al fracaso. ¿Tiene sentido este modelo para el sector o es fruto de la inmadurez del mismo?

 

 

CiPLO estrena dirección en Madrid

CiPLO, un Consulting Inmobiliario Profesional dedicado a la Inmobiliaria de Empresa y participado por Zaqueo, estrena esta semana dirección en Madrid, en el Paseo de la Castellana a la altura de Cuzco.

Edificio Cuzco IV

La apertura se encuadra en el marco de un plan de crecimiento que está llevando a cabo la firma con la intención de ampliar su capacidad para prestar servicios especializados a través de una amplia red de colaboradores y delegados.

CiPLO está especializado en localización y gestión de inmuebles industriales, naves logísticas, almacenes, talleres, locales comerciales y oficinas y ofrece servicios relacionados con la gestión inmobiliaria de propiedades y espacios de trabajo, desde la localización y selección de la mejor ubicación, la valoración o el estudio de adecuación, hasta la gestión integral de la implantación.

Ofrece además servicios especiales en localizaciones para Cadenas Comerciales y Franquicias, y servicios profesionales en marketing inmobiliario de empresa.

 

 
La nueva dirección de CiPLO en Madrid es:

Paseo de la Castellana, nº 141, Planta 20
Edificio Cuzco IV
Madrid, Madrid 28046
ESPAÑA

 

Para más información visite www.ciplo.net o los perfiles en Linkedin, Facebook o Twitter de Ciplo.

Tengo una idea, busco inversor. Puedo esperar.

Javier RepresasCumplimos ahora algo más de doce años trabajando con emprendedores, desde nuestros inicios, siempre hemos apostado por el desarrollo de proyectos nuevos, la mayoría muy volcados en la red, la mayoría en manos muy jóvenes, y todos ellos seleccionados con mejor o peor acierto de entre cientos de propuestas, tanto generadas internamente como las que nos han ido llegando a lo largo de estos años, empezando como no, emprendiendo.

No cabe duda de que los emprendedores viven un momento de empacho social, esperanza colectiva de una economía en crisis, son los nuevos salvadores de la patria. La guerra contra el déficit, la deuda pública, la prima de riesgo y lo que opinan los mercados la van a solucionar batallones de emprendedores armados de tablet y smartphone, antaño portátil y móvil, o algo antes lápiz y papel, para hacer lo mismo que han hecho los emprendedores desde que Ulises se embarcó en busca de nuevos horizontes: la búsqueda continua, el empeño, las ganas y la ilusión al servicio del reto.

Y no es baladí empezar a hacer distinciones. Si no es de una manera, es de otra. Un emprendedor no se rinde jamás. Evoluciona, aprende, se reinventa y continúa adelante, algunas veces con el mismo proyecto, la mayoría con nuevos retos o reformulaciones, y siempre con el aprendizaje fruto de la experiencia que aporta la lucha diaria. Ahora que los emprendedores empiezan a ser reconocidos socialmente, e incluso se distinguen en formas y fondo de la tan poco estimada figura del empresario, se reparten etiquetas de emprendedor a destajo y peligrosamente todo cabe bajo el paraguas de la marca emprendedor.

Vienen estas líneas a colación a raíz de la corriente de transfuguismo emprendedor que vivimos y que para centrarnos en el título de este artículo, se detecta en la muchos casos por la inactividad operativa absoluta de emprendedores en stand by que dedican todo su esfuerzo a la búsqueda de financiación, mejor dicho, de inversión, porque tampoco resulta ser solución un capital que haya que devolver, y sólo la entrada de fondos parece poder activarlos. Es obvio que para muchos proyectos es indispensable disponer de capacidad económica suficiente para llevarlos a cabo, pero muchos otros no exploran las alternativas. Las que no existían hace unos años y ahora parecen estar situadas en el primer escalón a subir. Es increíble la cantidad de nuevos proyectos que plantean la búsqueda de fondos partiendo exclusivamente de la idea, sin haber puesto un pie en casa de ningún cliente, sin conocer la competencia o sin haber hecho un mínimo estudio de mercado, para el que también solicitan inversión externa.

Cada vez más difícil, con menos fondos disponibles y más emprendedores y pseudo emprendedores a la caza de éstos, se ponen en valor los proyectos de aquellos que además de buscar financiación, recurso indispensable, buscan partners, socios, colaboradores, y sobre todo clientes. Perseverancia y mucho ánimo a los que sabéis de lo que hablamos.