Instaurados en la cultura del pelotazo 2.0

Javier RepresasNuestros primeros proyectos se desarrollaron a finales de los noventa. El siglo pasado. Los desarrollos web y las plataformas on line generaban posibilidades infinitas de comunicación y comercio que se alimentaban con discursos visionarios e insólitos avances que rápidamente fueron seguidos de  capital, a raudales, drenado de todos los sectores para sumarse al propósito de cambiar el mundo.

La posibilidad de acceder a millones de libros, bibliotecas completas, a material gráfico, a documentos, estudios, vídeos, a catálogos mundiales, a realizar compras en cualquier parte del mundo en cuestión de minutos, eliminar viajes innecesarios y acortar tiempos inútiles atrajo de inmediato la atención de la inversión especulativa.

Nick Daloisio

En los albores de la sociedad de la información, se gestaba la primera gran burbuja .com que arrastró en 2002 a valores bursátiles, compañías, desarrolladores y avances tecnológicos, condenando a estos últimos al ostracismo y a su particular travesía del desierto durante los años siguientes.

No fueron la investigación ni la aplicación de los avances las que la generaron. La posibilidad de ganar ingentes cantidades de dinero con las nuevas tecnologías generaba expectativas irreales de beneficio que rápido provocaron las compras millonarias. Comunicaciones, buscadores, directorios, plataformas de comercio electrónico o servicios de ocio, eran las más demandadas. Empresas, o incluso proyectos, que veían subir sus cotizaciones y valoraciones por el mero hecho de acumular usuarios, tráfico, que todavía hoy sigue siendo tan difícil de rentabilizar.  Así llegamos en España a ver el auge y caída de Terra, la más sonada sin duda por haber tenido la osadía de cotizar sus expectativas en el mercado bursátil.

Y sin embargo, una década después, volvemos a estar instaurados en la cultura del pelotazo, pelotazo 2.0, que no busca la generación de proyectos rentables, ni siquiera viables,  sino la posibilidad de dar con la aplicación de turno que se convierta en un auténtico boom. Obviamente, dar con ella tiene un coste, y sin embargo, el mayor problema no es éste, sino el dinamismo al que está sometido el mercado, que no deja muchas posibilidades para realizar análisis o estudios de mercado exhaustivos, del todo inútiles si dan con la respuesta del éxito demasiado tarde. El mercado no espera.

El juego es la apuesta. Una serie rápida de evaluaciones, parámetros de equipo, mercado y capacidad de ejecución, a la que inyectar los recursos necesarios para la puesta en marcha. No hay tiempo para mayores análisis o estudios. Ni siquiera suelen plantearse desarrollos por fases, ni pruebas piloto, porque de conseguir el éxito, sería fácil ser adelantado por algún competidor. Hay que llegar e inundar.

Con este sistema, es obvio que muchos proyectos se convertirán en rotundos fracasos, pero no importa si se da con ese mirlo blanco que resarcirá todas las pérdidas. Sorprende ver como algunos se aferran a mantras del tipo “uno de cada diez proyectos”, que no son más que extractos estadísticos sin mayor base que experiencias pasadas. Cien proyectos malos, serán cien fracasos. Análisis a posteriori de sonados fracasos, han revelado enormes carencias en planificación y conocimiento del mercado al que se dirigían. Muchos de éstos podrían haberse evitado, e incluso podrían haber sido proyectos viables, por ejemplo, si tempranas e ingentes  inversiones en promoción se racionalizaran en fases de desarrollo más avanzadas, donde el proyecto pueda rentabilizarlas.

En cualquier caso, esté el éxito en una de cada diez, o de cada veinte (la evolución de la competencia nos lleva a pensar que cada vez será más complicado alcanzarlo), el sistema está orientado al pelotazo. Ese mismo del que se valieron otros sectores, como la construcción, en épocas no tan lejanas. Una forma rápida de encontrar dinero en el mercado, rentabilidad a corto plazo y en tasas de más de tres dígitos. Invertir cien y ganar setenta no cubre las pérdidas de los otros nueve proyectos fallidos.

Esta orientación cala en los medios, que se hacen eco de cada venta millonaria, como la colocada estos días a Yahoo por el adolescente londinense de diecisiete años Nick D’aloisio (en la imagen) por treinta millones de dólares. Lógico, es noticia, y no es más que el reflejo de la situación real. Pero es precisamente esta situación sobre la que ponemos el foco. ¿Hasta que punto se configura todo el sistema para rentabilizar de forma abrumadora una serie de aplicaciones? Desde luego, no sería viable este modelo con inversiones en activos productivos que hubiera que abandonar, no obstante, esto no implica que no haya miles de millones de horas de producción destinadas al fracaso. ¿Tiene sentido este modelo para el sector o es fruto de la inmadurez del mismo?

 

 

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