No tener formación financiera, es peor que no saber conducir.

Javier RepresasLamentablemente, la percepción no es esa. Si tiene carnet de conducir, podrá ir a cualquier sitio. Disponiendo de un vehículo, obviamente. Si no sabe conducir, encontrará alternativas para desplazarse. No es lo idóneo, pero no tendrá que lidiar con taxistas ni transportes que lo lleven donde usted no quiera ir, que le saqueen sus cuentas de ahorro, o que le pongan en situaciones tan graves como la pérdida de todo su patrimonio empezando por su vivienda.

La formación financiera se ha dejado de lado siempre. Al no formar parte de la enseñanza obligatoria, incluso para aquellos que hayan continuado sus estudios con una carrera universitaria, un máster o un doctorado en gran cantidad de disciplinas, pueden tener tantos conocimientos financieros como de lenguas muertas. Es más, incluso los que estudiaron ciencias puras, aprendieron en su día algo de latín.

Y no es que haya que saber latín para analizar la situación actual. Una gran parte de la población sobrevive sin recursos económicos suficientes. El complemento necesario es la financiación. Crédito hipotecario, vehículo financiado, tarjetas de crédito y cuando no se llega, préstamos personales. Estos últimos podemos clasificarlos entre la oferta normalizada que ofrece la banca y entidades financieras, que estamos viendo ya al 12, 13 o 14%, y los que, auténticos chiringuitos financieros, ponen a disposición de los excluidos del sistema, rozando o directamente saltándose la legislación vigente para que las tasas de interés equivalente anual (esto es, lo que usted pagará por que le presten el dinero, si todos los gastos asociados, incluidas comisiones y renovaciones entre otros, los ponemos en forma de tasa de interés anual) el conocido como TAE, pueda llegar a superar el 50%, y con ello los límites legales y morales definidos antaño como usura. Pero ojo, que el saldo en las tarjetas de crédito que dejamos en el escalón anterior, pueden estar costándole ya más de un 20%.

No tiene por qué ocurrirle. Si tiene un buen empleo y un salario razonable, podrá atender sobradamente los pagos de hipotecas y tarjetas de crédito. De ese cálculo se encargaban por usted en su oficina bancaria. De otra forma, no le prestarían el dinero. Teóricamente, porque lo que ocurrió es que millones de personas que antes podían pagar, después no pudieron. Entramparse en situaciones temporales, que acaban siendo permanentes, una avaricia corporativa desmedida y la falta de regulación y control en el sistema provocan el resto.

Tenga en cuenta ahora que además hay más de tres millones de autónomos, y muchos de ellos tienen los mismos conocimientos financieros que la media de la población. Si necesitan un vehículo o una máquina para trabajar, piden un préstamo. Leasing, renting, compra aplazada o financiada son términos difusos. El tema es poder pagar las cuotas y ponerse a trabajar. La legislación no ayuda, porque por definición, un trabajador autónomo no debiera poder arrastrar en su actividad profesional a la sociedad de gananciales. Sin embargo no se establece como requisito previo que los autónomos tengamos un régimen de separación de bienes, entre otras cosas, porque las entidades financieras, incluso en estos casos han venido obligando, perdón, pidiendo la firma voluntaria como avalista del cónyuge o pareja del agraviado. Igual ocurre en cantidad de micropymes, los temas financieros quedan en manos del gestor personal en el banco y la asesoría, que en la mayoría de los casos, es otro autónomo o micropyme que poco puede hacer más allá de contabilizarlo.

Con lo que cuesta ganar el dinero, sería terrible perderlo. La postura al respecto suele ser la más conservadora. Suprimir los riesgos de pérdida, porque con nuestra visión parcial y nuestros limitados conocimientos, el dinero es mucho más que un medio de pago, y no se puede perder. La mayoría de la población entiende que su dinero y sus ahorros representan el mismo concepto. Los más avezados, intuyeron que su ahorro podía estar también en forma de inmuebles. Burbuja inmobiliaria calentada por la banca, que no hace falta señalar como acabó. También por falta de supervisión y control. Pero no poner en riesgo el dinero (o los ahorros), poco tiene que ver con gestionarlo adecuadamente.

En estos años me he encontrado con ahorradores en formato “inmueble” que perdían dinero (o valor) sistemáticamente, empezando por tener los activos desocupados, pero teniendo la sensación de que en realidad estaban ganando mientras el resto perdía. Comprar por cien y vender por ciento cuarenta parece a priori un buen negocio. Imposible analizar en detalles con ellos que obtener una plusvalía bruta de cuarenta mil en cinco años, ya no era tan buen negocio una vez que la agencia pública detraía una cuarta parte, la administración municipal la suya y una vez incorporados los gastos de adquisición, tasación, registro, notario, agencia financiera, agente inmobiliario, y gastos propios del inmueble como mantenimiento, altas de servicios, otros impuestos municipales (IBI), comunidades (incluido impuesto de entrada de carruajes en su caso), etcétera, etcétera, apenas quedaba nada. Y no olviden la inflación; ni siquiera tomando como real el dato del IPC salen las cuentas. Sin embargo la sensación de cientos de miles de pequeños propietarios es la de estar haciendo un buen negocio y gestionando bien su patrimonio. Porque efectivamente, han sido cientos de miles, millones, los que han adquirido una segunda vivienda como refugio del ahorro. No puedo llamarlo inversión. Y lo cierto es que esta idea mantuvo durante casi una década al menos dos sectores: la banca y la construcción. De hecho, el primero de ellos continúa aún hoy obteniendo réditos de esa situación.

Alquilar una vivienda que en términos generales ofrece una rentabilidad media anual entre el 3% y el 4% no es una buena inversión. Ni siquiera es un buen negocio. Tiempo no contabilizado y gastos ocultos dedicados a mantener el inmueble y gestionar arrendamientos.

Obviamente un sentido de la propiedad tan arraigado y la falta de formación financuera contribuyeron a esta distorsión del mercado. Porque un inmueble es siempre de uno, y tener la propiedad, sentirse dueño, creer que se dispone de la capacidad de hacer lo que se quiera con él, pesa bastante más que todos los razonamientos sobre eficiencia y rentabilidad si no se contrastan con los criterios adecuados. Un inmueble se puede vender, incluso se puede dejar en herencia. Una posición en fondos o unas acciones también, pero para muchos no hay color.

Hace tiempo que llegué a la conclusión de que la capacidad de visualización de la inversión es un factor determinante. Un inmueble en el que uno pueda incluso meterse dentro, no necesita abstracción ninguna para visualizarlo. Está ahí. Es real. Tanto es así que las infografías suponen un paso enorme en la comercialización de activos inmobiliarios. La realidad virtual inmersiva resuelve todavía más el problema. Por su parte, los instrumentos financieros y los vehículos de inversión están lejos de esta idea. Para la mayoría, no se ven. Falta de formación que la legislación europea pretende paliar obligando a los asesores a formarse previamente a asesorar. A los mismos asesores que desde sus puestos en sus oficinas bancarias asesoran sobre los productos de la entidad a los clientes. Algo más de información debiera llegar al usuario ahorrador. Algo más de formación se hace necesaria.

¿Qué es una SICAv, una SOCIMI, una SII o como funciona la más simple de las sociedades patrimoniales? ¿Qué implica ser socio de una SL, de una SA o de una comunidad de bienes? ¿Y ser fondista? ¿Puedo tener mis ahorros en acciones? ¿Podría perderlo todo? ¿Y en fondos de inversión o planes de pensiones? Garantizados por supuesto, aunque no se sepa realmente qué implica eso. ¿Cómo tributan? ¿Cuál es su rentabilidad? ¿Qué significa liquidez? ¿Cómo hago líquido un inmueble? ¿Quedarme en renta fija es una opción? ¿Cuál es la velocidad de pérdida del poder adquisitivo? Mejor no hacer referencia ya a subordinadas, preferentes, clips, swaps y similares.

Es fácil entender por qué una compañía con un equipo profesional dedicado a mantener y poner en arrendamiento un parque de mil viviendas es más rentable que cientos de pequeños propietarios alquilando cada una de ellas por su cuenta. Incluso para el sistema público resulta más eficiente, transparente y rentable, de ahí que la legislación de todos los países esté orientada en la misma dirección, la profesionalización del sector.

Tenga en cuenta por ejemplo, que tan solo con que uno de cada diez de esos arrendadores que actúan de forma individual se equivoque con su inversión, el rendimiento global desaparece en comparación con una gestión profesional. No hay suficiente margen en un sector tan maduro. Y créame, son múltiples las posibilidades para equivocarse, empezando por el precio de adquisición, un mal momento, una mala adecuación, unos muebles o una decoración inadecuada, un precio de renta erróneo, tanto por alto como por bajo, una mala comercialización, períodos de inactividad o desocupación, mal mantenimiento, mala gestión tributaria con su correspondiente sanción, e incluso una mala salida o desinversión.

Su capacidad de ahorro, término que habrá oído en alguna oficina bancaria en más de una ocasión, no será determinante para su futuro si no está directamente ligada con una gestión eficiente de ese ahorro.

Quédese con una reflexión. Su salario, sus rendimientos del trabajo, normalmente se irán incrementando a lo largo de los años, por una mejor posición y experiencia pero básicamente para compensar el crecimiento del coste de la vida, con suerte unas décimas por encima del IPC. Si ha logrado ahorrar y mantiene en su banco una cantidad relevante por la que ya deba empezar a preocuparse, digamos cincuenta o cien mil euros entre cuentas corrientes o depósitos, y no quiere perder poder adquisitivo cada año, necesitará cada año hacer un esfuerzo mayor y una aportación mayor de su salario sólo para mantener el mismo poder adquisitivo que tiene hoy. Su incremento salarial, sea un 2% o un 3% en los mejores casos, no podrá compensar la caída de ese mismo 2% o 3% de sus ahorros. Si su dinero no es rentable, cada año perderá una cantidad mayor de la que consigue ganar con su esfuerzo. Y eso sin tener en cuenta todos los intereses que lastran nuestro resultado anual en diferentes formas, compras aplazadas, tarjetas, créditos, mientras luchamos por mantener los ahorros. Perdiendo poder adquisitivo, año tras año, hasta su jubilación.

Necesita poner en rentabilidad sus ahorros. Si no sabe cómo hacerlo, necesita formación financiera.

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